Trastorno límite de la personalidad

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Fronterizo

En los pacientes con trastorno límite de la personalidad ¿qué sino el sentimiento de identidad puede contrarrestar las desbordantes angustias? Acabemos con las simplificaciones. La identidad no es ni una matriz ni un sello. Es un tejido de lazos que articulan narcisismo, identificaciones, pulsiones, conflictos, versión actual de la historia, defensas y proyectos.

El sentimiento de sí requiere el intercambio continuo con los otros. Supone un compromiso entre aquello que permanece y aquello que cambia, entre un núcleo de identificaciones y de representaciones y las recomposiciones que exigen los encuentros, que implican una nueva distribución entre los soportes narcisistas y los soportes objetales, la elección de nuevos objetos, el duelo por otros. A estos movimientos se les oponen resistencias diversas: entre las instancias psíquicas, entre el sujeto y los otros significativos, así como entre Eros y pulsión de muerte (Aulagnier, 1984).

La persona con trastorno límite de la personalidad lucha por conservar una precaria identidad. La frontera entre interno y externo debe ser reafirmada ante la incertidumbre. La indiferenciación sujeto-objeto se debe a un desdibujamiento de los límites del yo. Admitamos esta polaridad. En ella se sitúa una multiplicidad de mecanismos de defensa. La fragilidad de la represión genera una notable porosidad entre instancias.

Los síntomas remiten a problemas del yo y sus relaciones con los otros. Miedo de destrucción recíproca. Esclavizante dependencia del objeto. Si un vínculo se rompe o amenaza romperse hay muchas posibilidades de depresión severa. Y de pulsiones desmesuradamente violentas, incontrolables. Al faltar irrigación deseante, el mundo fantasmático es inaccesible. El sujeto se siente vacío por dentro y por fuera.

La amenaza de separación evoca intensos temores de abandono. Para minimizarlos y para prevenir la separación, con frecuencia se producen violentas acusaciones de malos tratos y crueldad, así como rabiosos comportamientos autodestructivos. Estos comportamientos suelen suscitar en los demás una respuesta protectora de culpabilidad o de temor. Ante la ausencia de una relación protectora o de sostén, se manifiestan experiencias disociativas o actos impulsivos desesperados (incluyendo el abuso de sustancias y la promiscuidad).

La angustia de separación remite al desamparo psíquico, su base es una perturbación económica. No proviene del peligro libidinal sino de la amenaza por la irrupción de cantidades. Por el contrario, la angustia señal supone un yo cohesivo.

La angustia de separación y la angustia de intrusión se oponen y se complementan. La persona con trastorno límite de la personalidad vive bajo dos amenazas: o lo abandonan sus objetos o lo aplasta la intrusión. Atado al objeto o controlando la distancia, ¿qué libertad le queda?

El psiquismo es un sistema, no una maquinaria. Y un sistema complejo, abierto, con complejas estrategias activas y complejas estrategias defensivas. Respetando la convención, seguiré empleando la expresión “mecanismos de defensa”, aunque de algún modo favorece la siempre presente tentación mecanicista. Los mecanismos de defensa difieren según el conflicto predominante. Debemos reconocer en ellos dinámica y fuerza. El entramado de la fuerza es la instancia amenazada. Su agente, aquello que la ejerce. Su finalidad, evitar toda perturbación que se traduzca en displacer. Sus motivos, aquello que anuncia la amenaza y desencadena el proceso defensivo (angustias: real, neurótica y ante la pérdida de amor del superyó).

Freud (1926) propone una visión global del concepto de defensa; incluye, además de la represión, otros mecanismos de defensa estableciendo conexiones entre cada uno de ellos y determinadas afecciones: regresión, formaciones reactivas, conversión, aislamiento, anulación retroactiva, introyección, identificación, proyección, vuelta sobre sí mismo y transformación en lo contrario, escisión, clivaje, etc. Intervienen no sólo ante derivados pulsionales sino ante todo aquello que suscita angustia: emociones, situaciones, exigencias del superyó, de la realidad y de los otros significativos. En la última parte de su obra, Freud indicó mecanismos que afectan la unidad del yo (fisuras, grietas) elementos indispensables para construir una teoría del funcionamiento psíquico de los estados fronterizos.

Hay conflicto cuando el sujeto es tironeado por exigencias contrarias e incluso irreconciliables. Y el conflicto se da en distintos terrenos: entre pulsiones, entre instancias, en el interior mismo de las instancias, entre deseo y defensa, entre amor y odio. Freud da del conflicto una versión compleja, de tres registros: tópico (preconsciente-inconsciente; ello, yo, superyó), dinámico (conflicto pulsional: Eros y pulsión de muerte), económico (energía libre y ligada, procesos primario y secundario) y para tramitarlos están los mecanismos de defensa.

Lo que viene del otro y de la realidad es vivido por las personas con trastorno límite de la personalidad como afrenta. A la distancia, la indiferencia y la extrañeza no sé si llamarlas “mecanismos de defensa”. El hecho es que defienden. Investir al otro es exponerse al abandono. Buscan la fusión porque, solos, temen perder su sentimiento de sí. O, en vez de buscarla, la rehuyen. Mantienen al otro a distancia para no perder su sentimiento de identidad. Tienden a la autosuficiencia negando toda dependencia. Entablan vínculos sólo transitorios o, si perduran, se desinteresan, se abroquelan ante el “avasallamiento”, producto y productor de una angustia masiva que reedita el encuentro con esa madre que no pudo dosificar y regular los estímulos (externos e internos) y proponer un proceso de simbolización que impida un desborde traumático (Rother Hornstein, 2006).

Fuente: depsicoterapias.com

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