Portal sobre el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP)

 

ginebra-en-el-bosque

 

No sé porqué pasó, no sé si la biología, la genética, el karma, el destino. No sé qué hizo ser como soy.

Supongo que mi historia no es muy diferente a la de casi todo el mundo, una pelea infinita, una lucha incesante. Y sin embargo, veo que es muy diferente de la que cuentan muchos de los que encuentro.

Hoy no busco epítetos que califiquen a mi persona. No necesito que me den un nombre, si no tengo identidad siquiera.

Lo que siempre supe es que soy diferente, siempre he sido diferente. Desde el principio de los tiempos huía de la gente, notaba que sentía y pensaba distinto, que muy pronto y sin saberlo, el brillo de mis ojos se había extinguido.

En ocasiones rozo la brillantez y el absurdo, toco con los dedos cierta omnisciencia que me asusta, y a la que no escucho; y de pronto, soy el ser más pusilánime e inútil del mundo.

Mi vida es giro, es un tumbo constante, un sucedáneo y un estado de anestesia perpétua.

Nunca me he sentido querida. Puedo asegurar que se han esforzado, incluso que me han querido, y que me quieren: pero no siento la autenticidad de esos sentimientos, no los hago míos, no los vivo.

Recuerdo escenas de muy niña, casi cuando te dicen que no es posible guardar recuerdo alguno. Quizás los surcos de tanta amargura, seguramente autoimpuesta, se han impreso en mis venas, se han inscrito en mi ADN.

Mi vida es, y ha sido siempre una búsqueda. Un “no sé”.

Siempre fue soledad, un vacío y una ausencia.

Me esfuerzo en pensar que la vida tiene un sentido: pero no lo encuentro. Nunca lo encuentro.

Me miro en el espejo y no me reconozco, no sé qué ni quien soy, ni siento nada por la imagen que me devuelve, que me mira en la distancia.

Crecí sin permitirme errores, sin perdonarme por existir, sin un aliento que no me inculpase de algo.

¿Puedo hablar de abusos? Seguramente. Sobre todo del que tiene su estela menos visible, del que uno arrastra unas cadenas que nadie ve, ni siquiera el propio sujeto.

El abuso psíquico es mi estigma; el que nadie más que las víctimas guardan en su retina; y a veces ni ellas porque no se permiten ni sentirse víctimas; porque no hay verdugo cuando la víctima y el culpable se confunden, o cuando alternan los roles demasiado a menudo.

Y lo peor de todo: me convertí en mi principal abusadora.

Cortaba mi pelo, dejaba de cuidarme, me exigía absurdos e imposibles... por puro agotamiento, o por desprecio.

Durante toda mi existencia he estado inmersa en un campo enorme de fuerza, de polaridades imposibles: de lucha por la supervivencia, aun a costa de lo que fuese (de mí, de los otros, de la moral) la fuerza inconmensurable que azota mis células para revolverme ante cada caída; y del otro lado, la necesidad de rendición sin condiciones, el agotamiento y el deseo de ser otra. La infinita insatisfacción vital. Y la búsqueda de un afecto que nunca encuentro, que nunca siento.

El castigo físico no ha sido jamás mi tónica: hay métodos más sofisticados de dañarse, de morir en vida, y de arruinar la poca integridad que a uno le queda, si es que alguna vez la tuvo. Y esos, al menos a mí, nunca me dieron ni un ápice de alivio, ni una gota de sedante para el alma, ni aún temporal, ni siquiera imaginario.

Incluso ahora noto que me he entregado y me entrego pero nunca es del todo; que me guardo, que esquivo. Luego me percato y cedo, cedo hasta arrastrarme en la súplica, en la anulación de mi persona. Pero no soy, no siento, sólo temo. Huyo de pronto, y después me dejo encontrar, para volver a huir y a temer.

No sé quién soy, ni lo que quiero, ni adónde se encaminan mis pasos.

Durante años soñaba a escondidas que montaba en un tren, y luego en otro, y luego en otro, hasta donde me llevaran mis pasos o la propia vida. Pero pronto descubrí que no se puede huir para siempre de uno mismo.

Mi historia es la de la renuncia, la del olvido.

A veces, como hoy, me siento como una de esas almas errantes, que penan, esas que llaman La Santa Compaña.

Ni siquiera sé si esto que cuento tiene algún sentido para alguien. Si se comprende algo.

Esa es mi vida, eso soy yo: el caos y la ausencia. Soy ceguera y estoy yerma.

 

Ginebra

su-aliento - Blog borderline

 

Aun me gusta sentir la soledad, deslizar mi mano sobre su
seda… aun amo tus labios, desnudos de todo atisbo que muestre tus deseos.


Danzo junto a la vida y mi vida solo anhela la muerte.


Agotada.


Exhausta.


Fracasada en un intento que no tuvo comienzo, fracasada
ante tus ojos de luz de luna…


Ya vuelven los temores a acecharme cada noche, ya buscan
desgarrar mi ánima bajo sus dedos vacuos… y mi alma abierta
ofrece mis sueños, que danzan a este son del llanto,
florecidos desde el miedo…


Cierro los ojos y veo la nostalgia atacar bajo mis sabanas…


Lloro al compás del viento, me susurra que morir no es más
que el precio a pagar por el sufrimiento que cause.


(Mal momento, para decidir si fue el silencio quien rompió
mis mil esquemas de vida bohemia y mis anhelados sueños.)


Y es su mirada aquella que deprime mis miradas bajo la nada
de ver envuelto en llamas un futuro que ansiaba para
resurgir del infierno al que me condené…


Ama…y desgarra las palabras que regalo al viento.


Sueña… que mi alma ya murió en poemas y decidió cerrar sus
ojos a las penas y alegrías que pudieran entregar cubiertas de flores muertas.


Olvida el tiempo, el espacio ya esta muerto, la distancia
es el puente que une los lamentos de quererse bajo el
miedo, de ver pasar el tiempo, de ver romper los sueños
como lágrimas de cristal bajo el silencio.


Lloro, pero ya no lo lamento.


Grito, pero ya no tengo miedo de ver sangrar mis ojos si
por verla de nuevo tengo que volver a revolver en los recuerdos…


Me roza su aliento, noto el hielo de su ira descargar sobre
mis besos, los recuerdos que no encuentro, los abrazos que
no siento, mi sangre recorriendo el suelo en busca de otro cuerpo…


Dime donde va el silencio cuando muere entre los gritos del
miedo y los golpes en el templo que albergo tu infancia y
aquellos prohibidos juegos bajo las mantas.


Dime sin demora donde esta el cielo, yo ya encontré el
infierno, y ya no puedo pasear mas entre sus campos este
lamento sin sentir que ya he muerto bajo el manto del tiempo.

Anais