Trastorno límite de la personalidad

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Blog de Otto Oswald Pisttburg, afectado de trastorno límite de la personalidad

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Se me conoce por muchos nombres, en el colegio fui Frankie y Parrón, más tarde, en mi adolescencia, El Rojo o el Maltés. Mis nombres son también Juan Miserable o Judas Magno, pero cuando escribo un verso lo firmo como Otto Oswald Pisttburg. Algún día os contaré la vida irreal de este poéta.

Nací en el Gran Sur, y en el Gran Sur crecí... Ya sabes, esas grandes ciudades del sur de Madrid a las que aun hoy llaman "pueblos". Perdí a mi padre a corta edad, con siete años, y tenía siete hermanos, del que yo era el quinto. Siempre estuve acogido por mi madre y por mis hermanos, pero yo también tenía algo de eso de rarito; un niño depresivo. Con ocho años sufrí un tumor en la rodilla, fue muy grave, los dolores eran horribles, y el bulto que me asomaba era brutal, pero durante un año los médicos no dieron con lo que era, y yo me pasaba mañanas enteras, día si, día no, en las salas de espera de los ambulatorios. Entonces comenzó mi pasión por la lectura. Mi hermano tenía y tiene una espectacular biblioteca, y me pasaba libros para que mis esperas se hiciesen menos pesadas. Claro, que las lecturas que me pasaba no eran para un niño de ocho o nueve años, y así descubrí a Poe, Maupassant, Borges... tantos y tantos. Con doce años ya había leído El Castillo, de Kafka, y, por supuesto, la Metamorfosis. Y otras docenas de libros, muchos, que me atrajeron increiblemente

De ahí mi pasión por escribir. Jesús, un gran profesor de sexto grado, me animó a escribir más y más, y desde los once años no lo he dejado.

En octavo de EGB tuve que dejar mis estudios y ponerme a trabajar, por cuestiones puramente económicas de casa. Con trece años acompañaba de peon a familiares albañiles, para sacarme unas pesetillas. A los quince entré por fin en mi primer trabajo serio, y en la que sería mi profesión para toda la vida; el metal. Pero las presiones laborales, mi cultura distinta, mi propensión al distanciamiento y a la depresión, me hicieron decaer. En la construcción, entonces, lo habitual era beber, y mucho, y raro era el día que no terminaba borracho. Os describo un día normal de trabajo para mi: siete de la mañana, café con los compis de curro y dos copas, (yo de ponche), nueve y media, almuerzo en el taller y dos cervezas, (tercios, en quince minutos), a lo largo de la mañana algún tercio, dos de la tarde, más o menos, comida, con un litro de vino o de cerveza, (yo de cerveza), después el café de la comida, con otras dos copas, por la tarde dos o tres tercios, para amenizar la jornada, a las siete salida, acompañar a los compis y tres o cuatro tubos de cerveza, luego con los amigos, y media docena de tercios o alguno más, los viernes en lugar de cerveza pelotazos, (yo ron con cola). Los fines de semana ya ni cuento.

Nunca fui alcoholico, pero esto me llevó por malos caminos. No es bueno subirse a un andamio borracho. Con dieciocho años cambio de empresa y paso a la TALGO, soy todo un oficial de primera, diez años antes de lo previsto, y gana un dineral. La gente a mi mando me saca veinte años y no soporta que les mande un chaval, así que me hacen el vacio. El dolor es tan grande, que una noche, a eso de las tres o las cuatro de la mañana, sin dormir por la depresión, agarro una cuchilla para papel y me cortó en los brazos; la depresión desaparece, pero el destrozo es brutal. Me diagnostican TLP.

Tengo que cambiar de trabajo, pierdo la que creí era la mujer de mi vida. Entro en una empresa de puentes gruas, -siempre en el metal, siempre oficial, siempre ganando mucho dinero y trabajando como un animal-, un día, un catorce de julio de 1992, pierdo el control del todo, meto la mano en una cizalla para chapa, piso el pedal y me amputo parte del índice izquierdo.

A todo esto, he comenzado a escribir y dirigir teatro. Es algo que me encanta y con lo que me empiezo a hacer un nombre como escritor. Escribo cuentos a todas horas, -cuentos que se pierden por aquí y allá-, una obra de teatro tardo quince días en escribirla, de lo febril que me pongo, escribo poesía a mano, -nace Otto Oswald Pisttburg-. Y sigo cortándome los brazos.

Pasan los años. Medicación, -mucha-, terapia, tratamiento... He dejado el alcohol, me cuido un poco. Mantengo relaciones de una sola noche, pues no quiero agarrarme a nadie. Comienzo un curso de teatro en un instituto de mi ciudad, para dirigir al grupo en vistas a un festival. Conozco a una muchacha divina, con la que comienzo una relación estupenda. Mejoro un poco, pero sigo siendo raro, sigo cortándome para huir del dolor de dentro, y a los dos años ella me deja. Y entonces ocurre algo curioso... La vida da muchas vueltas. Esa relación que perdí a los diecinueve, reaparece a los veinticinco. Me voy a vivir con ella, que tiene un hijo al que trato como mio, y tenemos un hijo en común, durante esos años dejo de autolesionarme. Pero aparece otra pesadilla; las voces. Conozco por primera vez lo que es la despersonalización, la desrealización y las crisis psicóticas. Cada vez medicamentos más fuertes, y cada vez alucinaciones más horribles. Mi mujer me abandona, a mi y a mi hijo. Comienzo una nueva vida de padre soltero, una noche no puedo con las voces de mi cabeza y las acallo de la única manera que me ha enseñado la vida; cortándome en los brazos. Me ingresan por primera vez. Pasaré muchos ingresos, atado a la cama, vigilado hasta para hacer mis necesidades, dopado, intentando quitarme la vida.

Mis alucinaciones crecen, cada vez más. Abandono la escritura, depués de treinta obras representadas en el Gran Sur. Empiezo con paranoias, me dopan tanto que tengo que usar un collarín, pues no mantengo la cabeza erguida, y un bastón, para no caerme por la calle.

 

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Un día, tropiezo con una psiquiatra que me anima a escribir de nuevo; son mis cartas. Cartas a personajes imaginarios, que me escuchan y me responden desde lugares remotos. Vuelvo al verso, al cuento, al teatro. Mejoro...

A día de hoy apenas me medico. No sufro alucinaciones, he salido de ese infierno. Pero apenas salgo de la cama. Escribo a trancas y barrancas, me ocupo de mi hijo, hago lo que puedo por no recaer. Pero los fantasmas me acosan, cada noche, como si se riesen esperando el momento de atacar de nuevo.

 

Otto Oswald Pisttburg

 

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