Trastorno límite de la personalidad

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Blog de Anais, afectada de trastorno límite de la personalidad

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Me asusta pensar que puedo definirme tan solo con una palabra: Borderline.

Sin embargo oculta tras de si tantas definiciones.

Intento hacer balance para situarme en el instante justo en que esto empezó a hacer mella en mi, si no supiera lo que sé a día de hoy podría decir que estoy casi segura de haber nacido Tlp.

Apenas tengo recuerdos de mi niñez, pero los que brotan tras esta cortina que lo envuelve no son exactamente recuerdos gratos.

Mi padre era alcohólico, mi madre sufría el arrastre de un pasado tortuoso, y todo se mezclaba detrás de las paredes de mi casa.

Mis hermanas tardaron en huir lo que tardaron en descubrir que la vida era un engaño.

Nunca terminaré de perdonarles que abandonaran a aquella niña indefensa en medio de aquel infierno tortuoso.

Me quede sola, apenas tenia cuatro años y ya había soportado lo insoportable, malos tratos, físicos y psicológicos, abuso sexual, la madurez a marchas forzadas en una batalla por no dejarme ganar.

No podía imaginarme que todo podría ser peor.

A partir de entonces mi vida se define por una acusada inestabilidad.

Nos movíamos de ciudad en ciudad, de casa en casa, y por consiguiente de colegio en colegio, apenas intentaba adaptarme a un nuevo lugar cuando volvíamos a huir.

Supongo que a huir de nosotros mismos.

El infierno en el interior de cada casa seguía siendo siempre el mismo.

Pase más de media vida asumiendo papeles que no me pertenecían, jugando roles que no correspondían a una niña de mi edad.

La relación con mi padre era una pura farsa, yo sentía hacia el un odio irracional y el hacia mí otro tanto de lo mismo.

Desde que tengo uso de razón su olor a alcohol es el aroma con el que lo relaciono.

Tenía un gran problema, y no era precisamente el alcohol, sino su incapacidad para reconocerlo.

Tengo recuerdos tenues, de mi más tierna infancia, recuerdos que ahora, poco a poco voy recuperando…

Hubo un momento en que, de repente, yo me separe de mi padre, en mi familia lo recuerdan con una sonrisa, la niña de papa, un día, le volvió la espalda y con sólo cuatro años le gritaba con toda su ira, se enfrentaba a su cara llena de odio con un odio mayor...

Con solo cuatro años…

Es un orgullo para mi familia, y hasta hace poco también era un orgullo para mi, hasta que recordé que aquel cambio no se hizo tan de repente, había un motivo detrás, pero aun tarde varios años en averiguarlo.

Narrar los sucesos que ocurrían detrás de la puerta de mi casa a causa de mi padre, son demasiado dolorosos para recordarlos.

Él no se limitaba solo a descargar sus frustraciones sobre mi madre, durante toda mi vida también yo fui el blanco de sus miradas…y de su odio.

Mi madre acarreaba a la espalda un pasado difícil de recordar, su niñez también se vió truncada, y eso aun lo lleva a la espalda.

Si lo añado a la época en que mi padre aun estaba con nosotras no reconozco a mi madre.

También era el blanco de mira de mi madre, aun más porque no se conformaba con hacerme ver lo poco que valía sólo con sus gritos y sus palabras, ella, además, pegaba, de una manera que aun me es difícil evocar, aun no quiero llegar a creérmelo, pero no puedo obviar la realidad.

Con ella aprendí que además de maquillarme el alma para salir a la calle tenía que maquillarme la cara, para tapar sus golpes.

Aprendí a tenerle pánico a la oscuridad, cosa que aun hoy me persigue, gracias a sus castigos, un día en cama a oscuras, unas horas en un armario en el que apenas podía moverme.

Aprendí que no valía nada, que era una completa inútil, en realidad eso se le sigue dando bien a día de hoy, todavía busco aquello que me haga parecer “capaz” delante de mi madre.

Cuando tenía siete años cambié de ciudad, es un recuerdo que no consigo evocar, no se la razón, solo se que un día era navidad y yo estaba en carretera rumbo a una ciudad de la que solo conocía el nombre.

Era navidad, una navidad fría y desolada, que yo viví en un monte de aquella ciudad desconocida, al poco calor que podía promocionar nuestro coche, rodeada de nieve, y miedo.

En aquella cuidad las cosas fueron aun peor… Tan pequeña, debí asumir que la violencia era la normal, así que me dedicaba a ser la niña mas violenta de todo el colegio, no me importaba que fueran niños de mi edad, o no, de repente pasaba de ser la niña mas dulce a sufrir “brotes” agresivos y dirigir mi odio contra la primero que se cruzaba en mi mirada.

Apenas teníamos dinero, mi padre tuvo que irse a otra ciudad, mi madre sufría uno de sus periodos más virulentos…

ahí no había futuro, así que un día, un año después, recogimos nuestras cosas y decidimos, decidieron, que era mejor empezar en otra ciudad.

Aquella ciudad fue mi perdición.

Los problemas en casa se sucedían unos tras otro, mis padres se separaban, se volvían a juntar, palizas de mi madre, odio de mi padre, sus mujeres, su alcohol, la hostilidad entre ellos y contra mí, más oscuridad, más humillaciones.

Al mismo tiempo yo luchaba por ser aceptada en un barrio donde “la nueva” era blanco fácil para las burlas.

No tenía problemas de adaptación, porque aun sin saber como mis problemas yo, me los dejaba en casa, pero si tuve que moverme en un ambiente problemático. 

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Por ese tiempo empezaron mis problemas con la comida.

Un día, aun tenía ocho años, mi padre me miró y me dijo que me estaba poniendo horrible, que estaba engordando y que eso no le gustaba, aun recuerdo la mirada de desprecio con que escupía esas palabras, esa misma semana me había apuntado en un gimnasio para que perdiera peso.

Miro las fotos de aquellos tiempos y no comprendo el por qué de aquella decisión.

Yo no era una niña más grande de lo normal, y aunque lo hubiera sido, no merecía aquellas palabras.

Se me iba imponiendo un modelo a seguir, pensé que si no conseguía tener ese cuerpo que me inculcaba me odiaría aun más, y la situación empeoraría.

Apenas fuí consciente, pero tiempo después, bastante tiempo después, me sorprendía escondiendo comida entre servilletas con una destreza increíble, pensaban que me lo había comido todo…

Poco a poco los métodos eran cada vez más sutiles, pero la comida desaparecía sin pasar por mí.

Llegó la adolescencia.

Con catorce años me recorría todas las discotecas y bares de toda la ciudad, llegaba a casa de madrugada, empecé a relacionarme socialmente, de noche, siempre de noche.

Estaba consiguiendo tener el cuerpo deseado, eso me daba confianza en mí misma, me vestía con ropa sexy, bailaba de forma provocativa, me comía la noche.

No tengo un físico espectacular, nada me hace destacar, sin embargo aquella seguridad en mi me hacia ser “especial”.

Mis coqueteos con las drogas habían empezado poco atrás, nada importante, hasta que viví en este mundo del fin de semana.

Ya fumaba porros desde hacía tiempo y conseguía evadirme de mis problemas familiares.

Se me fueron quedando pequeños, y un día quise alucinar y conocí los tripis, y un día quise bailar sin sentir nada mas que la música, y conocí el éxtasis…conocí de todo un poco, hasta que un día probé algo que me hizo creerme aun más ese mundo paralelo que me estaba creando, y peor aun, que me estaba creyendo…

Me pusieron la primera raya, y yo no sentí nada especial, incluso no recuerdo la primera, ni la segunda, sólo recuerdo la sensación de estar en lo mas alto.

Las caídas de los lunes eran lo más difícil…

Hasta que entre fin de semana y fin de semana los lunes terminaron por desaparecer, y mi droga y yo vivíamos en un continuo non stop.

Yo consumía a solas, no pueden achacarme el haberme acercado a la gente inadecuada…no era esa gente la que me buscaba, si no yo la que los buscaba a ellos.

Cada vez estaba más perdida en el camino.

Aun así, nunca conocí tampoco esa promiscuidad de la que hablan, los hombres me creaban una extraña aversión y el contacto físico me era difícil con ellos.

A los quince años me encontraba inmersa en esta irrealidad tan real para mí, pero aun era tan niña… mi inocencia, aunque pueda parecer contradictorio, es algo que no me abandono a esta esa misma edad.

Si obligatoriamente tuviera que encontrar el justo exacto donde se desarrolla mi trastorno seria justamente este.

Mi madre trabajaba en una cafetería, esta pertenecía a unos antiguos amigos suyos y allí trabajaba el hijo de estos.

Me llevaba diez años de ventaja, me había criado junto a él, su casa era mi casa y viceversa.

Irremediablemente siempre fui la niña enamorada del imposible, de aquel chico mayor y peligroso.

Yo iba a visitar a mi madre a aquella cafetería, y le veía jugar un juego distinto conmigo que aquellos que compartíamos de niños, no le preste mayor atención: yo tenía quince años, había crecido y el enamoramiento infantil se había evaporado.

El estaba cerca de cumplir los veintiséis.

Un día me llamo por teléfono, me pidió que fuera a su casa, algo normal, al fin y al cabo lo llevábamos haciendo 8 años.

A las seis de la tarde aparecí en su casa, cuando abrió la puerta el olor a alcohol me hizo recordar a mi padre, pero igualmente pase.

De repente sin saber como, estaba en su cama, él no quería escuchar mis no, ni mis gritos, ni ceder ante mis lágrimas.

Me asfixiaba, me apretaba tanto el cuello que si hacía esfuerzo al llorar me ahogaba en mis propios suspiros, en su otra mano sujetaba la botella de JB, derramándola sobre mi.

No se rindió hasta que tuvo lo que quiso… una vez, dos veces, tercera y última para terminar de acabar con mi existencia.

Cuando conseguí librarme de el, y refugiarme en mi casa, todo estaba tan confundido en mi mente, sentía tanto asco de mi misma que me provoque el vomito por primera vez.

Esa tarde marco el resto de mi vida hasta el presente.

 

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El tiempo que sucedió a este hecho fue una autentica vorágine dentro y fuera de mi.

Me alimentaba prácticamente de agua, excepto cuando entré en la dinámica de comer – vomitar, ambos periodos se alternaban.

El consumo de estupefacientes aumento notablemente, no podía permitírmelo por lo que tenía que vender si quería consumir, era la lucha por la supervivencia, llegué a ofrecerme bailar en una despedida de soltero, llena de hombres borrachos y puestos de todo solo a cambio de un poco para “ponerme”.

Empecé a jugar con la muerte, había tentado alguna vez al suicidio, estando demasiado cerca pero no lo demasiado valiente, pero esta vez las cosas tomaban tintes mas serios.

Me autolesionaba, desde niña recuerdo ver los arañazos en mis brazos y tener que ocultarme, ahora los arañazos eran cortes, quemaduras, conductas parasuicidas…

Mis hermanas iban y venían mostrándome también su odio por ser la niña que no hablaba mal de mamá, aun cuando esta seguía descargando su ira sobre mí.

Aguanté como pude hasta los diecisiete años… Todo estaba ya completamente destrozado.

No me hablaba con mi padre, no recuerdo el momento exacto, la situación en concreto, todo eran gritos y golpes hasta que un día hice como si en mi casa viviera un extraño, nunca mas volví a dirigirle la palabra.

La báscula apenas sobrepasaba los 30 kilos, pero ya tenía la imagen distorsionada, me veía tremendamente descomunal, a pesar de desmayarme cada día, de apenas levantarme.

Consumía demasiado.

Aunque los estudios se me habían dado bien desde siempre ahora había perdido el interés, o la fuerza…si antes iba a una o dos clases ahora ni siquiera entraba, pasaba las mañanas de calle en calle, de portal en portal, fumando, vomitando, robando, evadiéndome de esa realidad que me consumía.

En casa todo era ya insostenible, además de sólo dirigirle la palabra a mi padre para defender a mi madre: entre ellos la situación era desoladora.

Así que un día, sin saber cómo, mi madre me planteó volver a mi ciudad natal, sólo durante tres meses, para alejarnos del infierno, esta vez mi padre se quedaría atrás, así, solas, pensaríamos el modo de alejarnos por siempre de él.

Al principio el mundo se derrumbo sobre mí…¿Otra vez? ¿Otro cambio?

No sabía si podría resistirlo, pero esos días estuve estudiándome, mirándome, viendo en que me había convertido…

había perdido tanto pelo, apenas andaba, estaba todo el día mareada o desmayada, seguía consumiendo, autolesionándome, y seguía sola, terriblemente sola.

Accedí.

Volvimos a cambiar de ciudad, esta vez mi madre y yo solas, ni siquiera le dije adiós a mi padre.

Volver a empezar, ni siquiera teníamos casa, vivíamos en casa de una de mis hermanas, hacía tantos años que no las veía…

Mi miedo seguía latente, mi madre nunca había podido dejar a mi padre atrás, la pena era demasiado fuerte, y esta vez no iba a ser menos, al cabo de un par de meses mi madre me pide que no volvamos a nuestro antiguo lugar, que nos quedemos aquí, yo vi la situación, consumía menos, comía mas, no estaba mi padre… me parecía la idea perfecta, hasta que mi padre empezó con sus crisis de ansiedad, el teléfono sonando a las 2, 3, 5 , 6 de la mañana, sin parar, volviéndome loca.

Volvió a utilizar su pena para ganarse a mi madre, que decidió que se viniera a vivir con nosotras. Un cambio de ciudad, de vida, una lucha otra vez perdida.

Cogimos una casa los tres juntos, vivíamos los tres pero yo seguía sin mirarle a la cara.

Los gritos no tardaron en volver, las peleas, todo como siempre, perdí una vida intentado ganar otra mejor, pero todo fue lo mismo.

Mi desesperación era total.

No podía dormir, no podía comer, no podía vivir.

Ahora sólo consumía los fines de semana, algún que otro día más, pero no sé de donde sacaba la fuerza para luchar por mí, aun teniendo conductas autodestructivas, aun intentando reunir la fuerza para acabar con todo una y otra vez.

Creía morir, cuando las noches pasaban y yo solo oía aquella respiración que me perseguía desde niña, una respiración que tardé en darme cuenta que no sólo era producto de mi mente, un recuerdo nefasto de los abusos que sufrí, era su respiración, pero era mi cabeza la que la creaba.

Creí volverme loca. Creí estar perdiendo el juicio.

Pensé tantas veces en matarle…llegue a apuntarle con un arma mientras dormía, por supuesto mi cobardía siempre conmigo, siempre…no lo hice, a veces todavía me arrepiento.

La situación se desmadró, si la relación de mis padres había sido mala hasta entonces, ahora ya esto era un puro infierno.

Tuvimos que echarle de casa, más de una vez, más de dos.

Yo ya llevaba dos años sin hablarle.

Se fue de casa, siempre viví con el miedo de que volviera, mi madre cayó en sus brazos un par de veces más hasta que un día, no sin hacer todo el daño posible mi madre desapareció con una de sus mujeres.

Siguió intentando hacernos daño desde la distancia, a veces lo consiguió, a veces no.

Se fue y mi madre y yo recogimos nuestras escasas esperanzas y cambiamos de vida, nueva casa, yo tuve que dejar mis estudios y ponerme a trabajar…

Mis hermanas que ahora vivían en mi misma ciudad no comprendían mi manera de ser.

Apenas tengo relación con ellas, soy la niña rara, no se dan cuenta de que, entre todos, enfermaron a aquella niña que ellas recuerdan de mí, cuando era tan pequeña que sólo pedía un abrazo, sin importar de quien viniera, abrazo que, por cierto, nunca llegue a tener.

Por entonces debía tener 18 años, mi vida interior seguía siendo un caos, un eterno conflicto interior, un luchar por ser de cara a la galería esa niña alocada, siempre con la sonrisa y la más divertida y en casa mis lágrimas y mis silencios.

Urgencias, ataques de ansiedad.

Por suerte mi vida, poco a poco, muy poco a poco, fue cambiando, conocí a quien podía empezar a abrirme, a enseñar mi verdadero yo, a abandonar esa niña conflictiva para poder llorar.

Dejé de consumir, mi vida se fue tranquilizando.

Pero aun así, yo seguía siendo un autentico descontrol, cambios de humor, agresividad, autolesiones, quien mas intentaba ayudarme mas daño recibía, las relaciones interpersonales conmigo son un infierno.

El trabajo era un desastre, altamente inestable, fui de uno a otro hasta que encontré uno que debo mantener por ser en el que mejor me encuentro, si perdiera también este trabajo no se que iba a ser de mi.

Me iba dando cuenta del problema, yo no podía ser así, tenía que estar enferma.

Hace poco, muy poco, que acudo a terapia; he tenido la suerte de encontrar unas psicólogas en las que confío, con las que me siento segura.

El camino que me queda por andar es muy difícil, con este testimonio lo he barrido aun más ya que hay cosas de aquí que ni siquiera les he contado a ellas.

Sigo siendo difícil, conflictiva, vivir conmigo es vivir en mi montaña rusa, intento exprimir al máximo eso bueno que debe haber en mí, pero no lo encuentro.

Me siento un fracaso, algo inútil.

Me siento destrozada.

Los cambios de humor son una constante, esta exacerbada sensibilidad, los recuerdos que me aturden y me impiden el presente.

Tengo suerte, sólo tengo 21 años y la seria convicción de querer ser feliz.
 
A veces se me cae el mundo a pedazos, la mayor parte de las veces.

Soy muy depresiva, todo mi mundo es negro, me gustaría conocer el matiz blanco, pienso que no voy a salir, tengo tanta rabia dentro, tanto dolor…

No sé como acercarme a la gente, cuando quiero hacerlo no sé como, pido a gritos ayuda y cuando la tengo la echo a patadas de mi lado, estar a mi lado en momentos de crisis es digno de admirar.

Hay a quien le debo mucho y no podré pagárselo.

Estoy conociéndome, reeducándome.

He vivido mi vida deprisa, consumiéndola, consumiéndome: cuando me correspondía estar jugando con muñecas yo estaba jugando con la muerte.

Me da igual todo ésto, tengo la esperanza de salir, sólo hay algo bueno que da vueltas a veces por mi cabeza, y es que, en el fondo, no sé como, merezco ser feliz.

Voy a conocer las sonrisas, poco a poco, paso a paso…

Me dejé arruinar el pasado, pero tengo en mi mano controlar mi futuro.

Aun no sé como, pero voy a luchar por ello.


Anais.


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